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Cómo el lenguaje, los gestos y lo que callamos se convierten en el primer molde de la violencia que luego vemos en las calles, en los hogares y en los medios.
Por: Erika Oviedo
Periodista/Mentora en Comunicación

En la República Dominicana hablamos cada día de la violencia que nos duele, pero pocas veces de la que sembramos sin darnos cuenta. Antes de un golpe, casi siempre hubo una palabra que hirió, un grito que intimidó o un silencio que permitió el abuso. Somos una sociedad que ha normalizado la agresividad como forma de comunicación —en casa, en los medios, en la escuela— y, sin querer, estamos educando generaciones que creen que el irrespeto es parte natural de convivir. Este artículo es una invitación urgente a mirar la raíz: lo que enseñamos con lo que decimos… y con lo que dejamos pasar.
Hay una contradicción dolorosa en nuestra sociedad: el lugar donde una persona debería sentirse más segura sigue siendo, para miles, el escenario del miedo. En la República Dominicana, gran parte de los casos de violencia de género e intrafamiliar ocurre dentro del hogar, ese espacio donde deberían habitar el cuidado, la confianza y la protección.
Las cifras más recientes del Ministerio Público reflejan una realidad que inquieta. Solo entre enero y marzo de 2026 se registraron 17,552 denuncias por violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales en el país. Detrás de cada número hay una historia que no aparece en los informes: personas viviendo bajo amenazas, humillaciones constantes, insultos diarios y agresiones que casi siempre comienzan mucho antes de los golpes.
Porque la violencia rara vez empieza con un acto extremo.
A veces inicia con palabras que destruyen, con gritos que intimidan, con miradas que humillan o con silencios que normalizan lo que jamás debimos permitir.
Los reportes oficiales también muestran patrones reveladores: gran parte de las agresiones proviene de exparejas, una señal de que la violencia no se detiene con la separación. Además, las denuncias aumentan los lunes, evidenciando que muchas personas viven el fin de semana en constante peligro. Y provincias urbanas como Santo Domingo encabezan los registros, dejando claro que este problema atraviesa todos los sectores sociales.
Pero nada de esto sucede en el vacío. La violencia se forma, se aprende y se repite. Empieza cuando un niño crece viendo que quien más grita es quien tiene la razón. Cuando una niña aprende que callar es la forma más “segura” de evitar conflictos. Cuando el sarcasmo se usa como arma. Cuando el miedo se convierte en método de disciplina. Cuando burlarse del otro se reconoce como “humor”. Cuando el irrespeto se presenta como “carácter fuerte”.
Las palabras moldean carácter, autoestima y formas de convivencia. Un hogar donde predomina el insulto difícilmente puede enseñar empatía. Un ambiente donde el respeto depende del miedo termina formando adultos incapaces de comunicarse sin violencia.
Durante años hemos repetido frases que parecen inofensivas, pero que llevan una carga cultural peligrosa:
- “Los hombres no lloran”. “A mí me criaron así y estoy bien”.
- “Si no es fuerte, no aprende”.
“Ella se lo buscó”. - “Eso es normal, son cosas de pareja”.
Frases que, sin darnos cuenta, van cimentando una pedagogía de agresión.
Y lo que se aprende, casi siempre, se replica.
El papel silencioso y poderoso de los medios. Existe otro factor del que hablamos menos, pero que influye profundamente: los medios de comunicación y las plataformas digitales.
Durante años hemos consumido contenidos donde la agresividad se premia con audiencia; donde la humillación se convierte en entretenimiento; donde el irrespeto es “viral”. Programas, transmisiones, debates y redes sociales han popularizado la idea de que hablar fuerte es hablar mejor, que insultar es ser auténtico y que herir es parte del espectáculo.
Cuando una sociedad consume violencia como entretenimiento, pierde sensibilidad frente al daño que provoca.
Y cuando quienes comunican enseñan agresividad, quienes escuchan la aprenden.
Niños y adolescentes crecen viendo figuras públicas resolver diferencias con ataques, burlas o descalificaciones. Y aprenden, sin que nadie se los diga, que quien humilla controla la conversación, que quien grita gana el debate, que el respeto vale menos que la fama.
Los medios no solo informan: forman. Moldean conductas. Construyen referentes.
Normalizan patrones. Por eso es tan peligroso que la violencia verbal se vuelva parte del contenido cotidiano.
La buena noticia: lo aprendido también puede desaprenderse
La violencia no está escrita en la sangre. Nadie nace sabiendo humillar, intimidar o destruir emocionalmente a otra persona. Todo eso se aprende… y, por tanto, se puede transformar.
Podemos criar sin gritar. Corregir sin herir. Educar sin humillar. Poner límites sin violencia.
Y comunicar sin convertir cada diferencia en una batalla.
Quizá el cambio que tanto reclamamos no empieza en políticas públicas ni en discursos oficiales (que sí hace falta implementar para un cambio efectivo y eficaz), sino en algo mucho más cotidiano: la manera en que nos hablamos dentro de casa, en los medios y en los espacios públicos.
Una sociedad violenta se construye con pequeñas agresiones repetidas tantas veces que dejan de parecernos graves.
Pero una sociedad más humana puede comenzar con gestos igual de pequeños: escuchar mejor, hablar con respeto, enseñar que la dignidad del otro nunca debe sacrificarse por la autoridad, el control o la viralidad.
Porque sí: cuando el silencio educa y las palabras destruyen… es nuestra responsabilidad
cambiar el lenguaje con el que estamos formando a toda una generación.




