
Hoy escuché al niño hablar en su cuarto. No hablaba solo ni hablaba conmigo. Lo que hacía el niño era contar un cuento a los duendes invisibles, que según dicen algunos viejos contadores de cuentos, son los únicos que dejan contar los cuentos como los niños quieren contarlos, de memoria y de seguido, sin
esperar aplausos ni que les digan qué bien cuenta los cuentos el niño.
Por eso el niño le cuenta los cuentos a esos duendes invisibles, porque no juzgan ni esperan cuentos cortos o largos, cuentos de hadas o antihéroes, cuentos de navidad, de piratas, cuentos floridos o desérticos. No, los cuentos que cuenta el niño son sencillamente bellos, sencillamente imperfectos.

Son cuentos sin moralejas que no le enseñan a portarse bien ni a respetar a los mayores, a los animales o a los policías. No, los cuentos que cuenta el niño a sus duendes invisibles son cuentos sin valores con mucho valor y hay que tener la
madurez de un niño para saberlos apreciar.
Este texto pertenece al libro “Diario de un padre adoptado”, una selección de escritos que retratan el viaje de un
hombre en la retadora tarea de convertirse en papá con reflexiones que nos confrontan como sociedad sobre el
sistema educativo, la inclusión, la discapacidad y la niñez. Si desean un ejemplar pueden pedirlo al 809 473 7525 y
se lo llevan a casa.




