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Edición Especial: Mes de la Prevención del Abuso Infantil

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Por. Joselín Rivera

La grandeza en el Reino se mide por el cuidado a la niñez: un desafío al liderazgo actual

En el marco del Mes de la Prevención del Abuso Infantil, la comunidad cristiana se enfrenta a una interrogante que sacude los cimientos de su organización: ¿Reflejan nuestras prioridades el corazón de Jesús respecto a los más pequeños? Mientras las estructuras eclesiásticas suelen enfocarse en el éxito numérico y el prestigio del liderazgo, el pasaje de Marcos 9:33-37 nos devuelve a una realidad radicalmente distinta.

Esta narrativa bíblica nos traslada al camino a Capernaúm, donde una disputa entre los discípulos por determinar quién sería el «mayor» reveló una ambición humana muy vigente: la búsqueda de estatus y jerarquía. Ante esto, Jesús respondió con un gesto disruptivo, interrumpiendo esa lógica al colocar a un niño en el centro y abrazarlo; este no fue un acto meramente tierno, sino una declaración espiritual profunda, pues en una época donde los niños carecían de estatus legal y social, el Maestro los situó en el epicentro de la importancia divina.

Para nosotros, esta enseñanza invita a una auditoría interna en las congregaciones dominicanas, entendiendo que la verdadera salud de una iglesia no se mide por sus cumbres de liderazgo, sino por su compromiso tangible con la niñez. Por lo tanto, encarnar este principio exige pasar del discurso a la acción, lo cual implica necesariamente una revisión de los presupuestos institucionales. Es imperativo cuestionar si el ministerio infantil es una prioridad financiera o si, por el contrario, se le trata como una «guardería» secundaria.

En este sentido, los maestros de niños, quienes actúan como guardianes de la semilla del Reino, deben ser dignificados y rescatados de la sombra de la jerarquía ministerial. Sumado a lo anterior, es fundamental reconocer que el liderazgo cristiano es, por definición, una responsabilidad de protección. En un mundo donde las cifras de abuso infantil son alarmantes, la iglesia tiene el mandato divino de construir refugios inexpugnables de amor y seguridad.

Esto incluye la implementación de protocolos estrictos que salvaguarden la integridad física, emocional y espiritual de los menores, comprendiendo que una gestión eclesial que ignore la vulnerabilidad de un niño simplemente ha perdido de vista a Cristo. En definitiva, Jesús ha invertido totalmente nuestras valoraciones y hoy el llamado para cada creyente es a imitarlo, encontrando en la pureza de la infancia la imagen misma de Dios.

El éxito en el Reino no se mide por el mando, sino por la disposición de descender y servir a quienes no tienen voz. Al proteger a un niño y elevar su valor en la comunidad, la iglesia no solo previene el abuso, sino que cumple con la promesa de recibir al Señor mismo en su seno; es tiempo, pues, de que el bienestar de la niñez sea la prioridad absoluta de nuestra fe.