
Por. Joselin Rivera
San Valentín, hoy convertido en un fenómeno de consumo masivo, tiene sus raíces en la resistencia espiritual de la Roma del siglo III. En aquel entonces, el emperador Claudio II prohibió el matrimonio a los jóvenes soldados bajo la premisa de que la soltería los hacía mejores guerreros.

Ante tal injusticia, el sacerdote Valentín desafió al imperio celebrando bodas clandestinas; un acto de valentía que le costó el martirio y la ejecución un 14 de febrero. Con el paso de los siglos, el propósito de esta fecha ha evolucionado según el contexto social:
• Religioso: Originalmente conmemoraba el sacrificio por el sacramento frente a la opresión.
• Romántico: En la Edad Media surgió la creencia de que este día las aves se apareaban, consolidando la idea del amor cortés en Francia e Inglaterra.
• Social: Actualmente, el enfoque se ha extendido al Día del Amor y la Amistad, celebrando vínculos afectivos que trascienden a la pareja.
Aunque la comercialización domina la festividad, su esencia permanece en el legado de aquel sacerdote que priorizó la libertad del sentimiento sobre los decretos imperiales. Mientras muchos celebran, la República Dominicana enfrenta una realidad que desgarra el concepto mismo de «amor».
Este 14 de febrero de 2026, las estadísticas nos obligan a desviar la mirada hacia los hogares donde el afecto fue sustituido por el control mortal. El año 2025 cerró con una paradoja estadística: una reducción numérica empañada por una crueldad que no cede.
Se confirmaron 59 feminicidios; y aunque se registró una disminución del 30.98% respecto al año anterior, el 74% de las víctimas murieron en su propio hogar, el lugar donde deberían haber estado más seguras.
Un dato alarmante es que 11 de los agresores pertenecían a cuerpos castrenses (Policía o Fuerzas Armadas), lo que evidencia una crisis en la formación de quienes deben proteger a la ciudadanía. La violencia no termina con el crimen, sino que se hereda. En 2025, 93 niños y adolescentes quedaron huérfanos.
Estos menores, que en su mayoría presenciaron el horror, representan una generación marcada que requiere una intervención estatal urgente. El inicio de 2026 no da tregua. Entre enero y mediados de febrero ya se reportan 5 feminicidios.
Los casos se concentran en sectores populares del Gran Santo Domingo (La Zurza, Gualey, Pantoja) y provincias como Azua y San José de Ocoa. Las víctimas, con edades comprendidas entre los 18 y 32 años, confirman que la violencia se ensaña con la juventud. En lo que va de año, seis menores ya han perdido a sus madres.
Resulta una contradicción sangrienta llamar «amor» a lo que motiva un feminicidio. El agresor suele escudarse en los celos para justificar el dominio, pero la verdadera esencia del amor dista de la posesión. Si contrastamos la realidad dominicana con el pasaje bíblico de 1 Corintios 13, la distancia es abismal. La escritura describe que el amor «no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor».
El feminicida, por el contrario, busca la propiedad absoluta, se violenta ante la autonomía de la mujer y alimenta el rencor que desemboca en tragedia. Mientras el texto afirma que el amor «no hace nada indebido» y «no se goza de la injusticia», nuestra sociedad presencia actos de injusticia suprema en nombre de una pasión distorsionada.
El amor que «todo lo soporta» no se refiere a tolerar el maltrato, sino a la capacidad del sentimiento puro para sostener la vida, jamás para arrebatarla. Este San Valentín, más allá de las flores y los chocolates, el desafío es social.
Debemos modelar ante nuestros hijos un amor que sea benigno, que no sea jactancioso ni se envanezca. El verdadero amor es respeto, es libertad y es, sobre todo, vida. No podemos permitir que el «Día del Amor» sea un recordatorio de las que ya no están.
Es hora de que el Estado, las familias y cada ciudadano pongan en práctica un afecto que proteja. Si no tenemos ese amor que busca el bienestar del prójimo, seremos solo, como dice la escritura, «metal que resuena o címbalo que retiñe».




