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El hogar: ¿Santuario de paz o zona de riesgo? Un llamado a redimir la crianza

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Por. Joselin Rivera

Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan” (Mateo 19:14). Estas palabras de Jesús resuenan hoy con una urgencia dolorosa ante las evidencias que nos presenta el reciente informe “Infancia en Riesgo”.

Como iglesia, confesamos que el hogar fue diseñado por Dios para ser un refugio de amor y el primer altar de formación. Sin embargo, los datos de la campaña «Los Datos Cuentan» (UNICEF/UNIBE) nos confrontan con una realidad que quebranta el corazón del Padre: para el 63.5% de los niños dominicanos, el hogar no es un santuario, sino el lugar donde conocen el dolor del castigo y la humillación.

Las estadísticas revelan que la violencia se ha disfrazado de «disciplina». Siete de cada diez niños (70%) de apenas 3 a 4 años sufren agresiones físicas o psicológicas. Como pueblo de Dios, debemos entender que el niño no es una propiedad sobre la cual ejercer dominio, sino un legado del Señor (Salmo 127:3) puesto bajo nuestra mayordomía.

La ciencia confirma lo que la Biblia advierte sobre el espíritu quebrantado: la violencia en la infancia genera un «estrés tóxico» que daña el desarrollo cerebral y emocional. No estamos «corrigiendo» para el futuro; estamos dejando cicatrices que afectarán su capacidad de amar y aprender de por vida.

El informe destaca que 1 de cada 4 niños es testigo de violencia contra su madre. Este ambiente de temor constante enseña a los más pequeños una lección antibíblica: que el conflicto se resuelve con poder y sumisión, y no con gracia y perdón. Al permitir esto, el hogar deja de ser un reflejo del Reino de Dios para convertirse en una escuela de violencia que perpetúa el pecado de generación en generación.

La Biblia nos manda: «Padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor» (Efesios 6:4). Instruir en el Señor no es golpear, sino guiar con el ejemplo de Cristo. Se nos invita a una transformación profunda basada en tres pilares:

  1. Sanar nuestra propia historia: Muchos padres maltratan porque fueron  maltratados. El evangelio ofrece sanidad para las heridas del pasado. Debemos permitir que Dios sane nuestra propia niñez para no heredar el dolor a nuestros hijos.
  2. Ver al niño con los ojos de Cristo: Reconocer en cada hijo a un ser humano creado a imagen de Dios, con dignidad plena, y no como un objeto de descarga para nuestra frustración.
  3. La ternura como fruto del Espíritu: Sustituir el grito por la palabra sazonada con sal. Proponemos el abrazo como ancla en los momentos de crisis, recordando que la bondad de Dios es la que nos guía al arrepentimiento (Romanos 2:4).

La ternura no es debilidad; es la manifestación del amor de Dios en acción. Un niño que crece bajo la sombra de la gracia y el respeto será un adulto que promueva la paz. Erradicar la violencia contra la niñez dominicana no es solo un compromiso social, es un mandato divino y la única vía para que nuestras comunidades reflejen verdaderamente el Reino de Dios.