
Pastora Marlene Lluberes
En una época marcada por tensiones sociales, polarización ideológica y un creciente cansancio emocional colectivo, uno de los mandamientos más antiguos de las Escrituras vuelve a plantear una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué significa realmente amar al prójimo como a uno mismo? Lejos de ser una consigna religiosa repetida sin profundidad, esta enseñanza presente en Levítico 19:18 y reafirmada siglos después por Yeshúa (Jesús), propone un modelo de vida que desafía tanto la espiritualidad superficial como la cultura contemporánea centrada en el “yo”.

El texto bíblico no presenta el amor como una emoción pasajera, sino como una decisión que comienza con algo muy concreto: renunciar a la venganza y al rencor. En la mentalidad hebrea, la venganza no era simplemente sentir enojo, sino tomar la justicia en manos propias y devolver el daño recibido. El rencor, por su parte, era más silencioso pero igual de peligroso: guardar la ofensa en el corazón, archivarla y permitir que defina nuestras reacciones futuras. Ambos caminos son rechazados porque destruyen la posibilidad de convivencia sana. Cuando las personas o las sociedades normalizan la represalia o viven acumulando resentimientos, el resultado inevitable es la ruptura del tejido humano.
Yeshúa retomó este mandamiento y lo colocó junto al amor a Dios como el centro de toda la enseñanza espiritual. No lo hizo para promover una idea romántica del amor, sino para establecer una señal visible de transformación interior. La transformación auténtica no se queda en palabras elevadas ni en experiencias privadas; se vuelve evidente en la forma en que tratamos a quienes están cerca: vecinos, compañeros de trabajo, familiares e incluso quienes piensan diferente.
Sin embargo, existe una dimensión del mandamiento que pocas veces se aborda con profundidad: “como a ti mismo”. Muchas personas desean amar y servir, pero viven atrapadas en una relación interior marcada por la culpa constante, la comparación o la necesidad de aprobación. Se exigen más de lo que Dios mismo exige, sirven para sentirse aceptadas y toleran relaciones que las deshonran por miedo a decepcionar a otros. En ese contexto, el amor al prójimo pierde equilibrio: se ayuda desde la carencia emocional, se perdona desde la presión y se entrega esperando reconocimiento.
La fe bíblica no enseña el desprecio personal disfrazado de humildad. Reconocer el propio valor no es egoísmo; es comprender que cada ser humano fue creado con dignidad. Quien entiende su identidad desde esa perspectiva puede amar sin competir, servir sin perderse y establecer límites sin culpa. De lo contrario, el amor se convierte en un esfuerzo agotador que termina generando frustración.
Las consecuencias de olvidar este principio no solo se observan en lo personal, sino también en la historia colectiva. Las grandes tragedias humanas no comenzaron con actos extremos, sino con procesos graduales de deshumanización: palabras que reducen al otro a un problema, discursos que alimentan el desprecio y sistemas que justifican la indiferencia. Por eso, amar al prójimo no es debilidad emocional; es una barrera ética que protege a las comunidades del odio y del abuso de poder.
Frente a ese panorama, las Escrituras ofrecen modelos que muestran que este amor es posible incluso en circunstancias difíciles. La parábola del Buen Samaritano presenta a un extranjero que decide involucrarse con el dolor de alguien herido cuando otros prefirieron pasar de largo. José, en Génesis, tuvo la oportunidad de vengarse de quienes lo traicionaron, pero eligió perdonar y usar su posición para preservar vidas. Moisés intercedió por un pueblo que había fallado gravemente, demostrando que el liderazgo espiritual verdadero se mide por la capacidad de cargar con otros, no por la distancia emocional.
Incluso la historia contemporánea ofrece ejemplos impactantes. Personas que atravesaron pérdidas profundas han demostrado que el perdón no siempre nace de un sentimiento espontáneo, sino de una decisión consciente de no permitir que el odio gobierne el futuro. Estos testimonios recuerdan que amar al prójimo no significa negar el dolor ni justificar la injusticia; significa impedir que la herida se convierta en la fuerza que dirige nuestras acciones.
En términos prácticos, amar al prójimo significa perdonar, escuchar antes de juzgar, servir sin buscar aplausos y reconocer que cada persona merece ser tratada con respeto.
En una cultura que promueve el individualismo y la autopromoción constante, este mandamiento resulta profundamente contracultural. Nos recuerda que el crecimiento espiritual no se mide solo por conocimientos, experiencias o expresiones visibles de fe, sino por la capacidad de construir relaciones sanas y comunidades compasivas. El amor práctico se convierte así en el lenguaje más creíble de la fidelidad.
Quizás la pregunta más urgente hoy no sea cuánto hablamos sobre el amor, sino cuánto estamos dispuestos a practicarlo cuando resulta incómodo. Amar al prójimo exige renunciar al deseo de tener siempre la razón, aprender a perdonar aun cuando la memoria insiste en el dolor y elegir la compasión en un mundo que muchas veces recompensa la dureza.
Cuando el ego deja de ocupar el centro y el amor toma su lugar, comienza a surgir una comunidad distinta: menos centrada en la competencia y más comprometida con la restauración. Es en este accionar que radica la verdadera evidencia de una vida transformada: no en lo que proclamamos, sino en cómo tratamos al prójimo cada día.




