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El dolor permanente del abuso sexual infantil: un clamor que la Iglesia no puede ignorar

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JOSELIN RIVERA
La reciente muerte en Francia de una joven dominicana que durante años denunció haber sido víctima de abuso sexual por parte de su propio padre nos confronta con una realidad profundamente dolorosa y urgente: el abuso sexual en la niñez no termina cuando cesa la agresión ni cuando se dicta una condena judicial.
Desde la fe cristiana, esta tragedia nos llama a examinar no solo el pecado cometido, sino también nuestra respuesta como Iglesia y comunidad de fe. La joven había logrado que su agresor fuera condenado a 20 años de prisión en la República Dominicana.
Sin embargo, tras una larga lucha con las secuelas emocionales del trauma sufrido desde su infancia, su vida terminó de manera trágica. Su historia no es un caso aislado, sino el reflejo de una violencia silenciosa que marca a miles de niños, niñas y adolescentes, y cuyos efectos alcanzan la adultez.
La Palabra de Dios presenta el hogar como un espacio de cuidado, enseñanza y protección. No obstante, la realidad muestra que muchos niños crecen inseguros precisamente en los lugares donde deberían sentirse a salvo. Cuando el agresor es una figura paterna, se rompe el vínculo de confianza que sostiene el desarrollo emocional y espiritual del niño.
Jesús fue contundente al advertir: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino” (Mateo 18:6).
El abuso sexual infantil no es solo un delito legal; es un pecado grave que hiere profundamente el corazón de Dios y desfigura la vida de quienes lo padecen. Una mujer adulta, sobreviviente de violación por parte de su padre durante la adolescencia, expresó años después a su psicóloga una frase que resume esta realidad: “Yo me morí el día que mi padre me violó; desde ese momento solo he sobrevivido”.
Estas palabras revelan una verdad pastoral que muchas veces se ignora: hay personas que siguen viviendo, pero cargan una herida que no ha sido sanada. La ciencia confirma lo que el acompañamiento pastoral ha observado durante años: la violencia sexual en la niñez está asociada con depresión, intentos suicidas, adicciones, dificultades en las relaciones y, en algunos casos, muerte prematura.
Estas consecuencias no son señal de falta de fe ni de debilidad espiritual, sino el resultado de heridas profundas infligidas en etapas críticas del desarrollo humano. Desde una cosmovisión cristiana, entendemos al ser humano como una unidad de cuerpo, alma y espíritu. Cuando uno de estos ámbitos es violentado, los demás también sufren. Por eso, frases como “solo ora”, “perdona y sigue adelante” o “Dios ya sanó eso” pueden causar más daño si no van acompañadas de procesos terapéuticos, justicia y acompañamiento sostenido.
La condena judicial del agresor fue necesaria. Sin embargo, el desenlace de esta historia nos recuerda que la justicia penal no garantiza, por sí sola, la sanidad interior ni la restauración integral de las víctimas. La misión de Dios incluye no solo confrontar el pecado, sino “sanar a los quebrantados de corazón” (Isaías 61:1). Con demasiada frecuencia, después de los procesos judiciales, las sobrevivientes quedan solas: sin apoyo psicológico continuo, sin comunidades seguras y sin espacios donde su dolor sea escuchado sin juicio ni silencio.
La prevención del abuso sexual infantil requiere comunidades que practiquen una crianza basada en el amor, la ternura y el respeto. La Iglesia está llamada a ser un lugar seguro, donde los niños sean protegidos, escuchados y creídos, y donde las víctimas encuentren acompañamiento real. Romper el silencio no es una amenaza a la fe; es un acto de obediencia.
Acompañar a las víctimas no es opcional; es parte del mandamiento de amar al prójimo. La muerte de esta joven no debe pasar como una noticia más. Nos interpela como sociedad y, de manera especial, como Iglesia. Porque cuando un niño o una niña son violentados, no solo se vulnera un cuerpo: se hiere una vida creada a imagen de Dios. Y cuando la comunidad de fe no acompaña adecuadamente a quienes sobreviven, el daño continúa, aun cuando el agresor haya sido condenado.
Que este dolor nos despierte, nos mueva a la compasión activa y nos conduzca a ser verdaderamente un pueblo que protege, sana y restaura.