
Nuestro Dios es el Hacedor de maravillas y nos ha dado instrucciones precisas para que, al obedecerlas, marquemos diferencias sustanciales en medio de un mundo que camina en dirección opuesta.
En el libro del Éxodo, capítulo 10, leemos cómo Moisés y Aarón se presentan ante el faraón con una palabra clara y directa:
“Así dice YHWH, el Dios de los hebreos: ‘¿Hasta cuándo rehusarás humillarte delante de mí? Deja ir a mi pueblo para que me sirva’” (Éxodo 10:3).
Una y otra vez aparece la expresión relacionada con el endurecimiento del corazón del faraón. Sin embargo, al observar cuidadosamente el texto bíblico, distinguimos tres manifestaciones de su condición interna: rigidez, contienda y pesadez. Su corazón era obstinado; rehusaba humillarse.
El Señor declara que lo dejaría en esa pesadez. No fue Dios quien produjo la maldad; el faraón ya había elegido resistir. Dios simplemente lo dejó en la condición que él mismo había abrazado. Si Dios fuese el autor de la maldad, entonces la injusticia estaría en Él y no en el hombre, pero la Escritura es clara: la dureza provenía del propio faraón.
Las diez plagas no tuvieron como propósito dañar un corazón que ya estaba dañado, sino mostrar el poder de Dios y liberar a Su pueblo. Cada juicio humilló no solo al faraón, sino también a los dioses de Egipto. Sin embargo, aun después de la muerte de los primogénitos, y pese a reconocer que sus dioses no pudieron salvarlo, el faraón persistió en su obstinación y decidió perseguir al pueblo.
La condición humana, desde la caída, arrastra un corazón inclinado al pecado, en enemistad contra Dios. Es la reacción natural del hombre. Pero Dios no comete maldad. Él actúa conforme a Su soberanía perfecta.
Debemos comprender las decisiones soberanas del Señor. Como declara Efesios 1:5, somos escogidos “según el puro afecto de su voluntad” (RVR60), o como expresa la NVI, “según el buen propósito de su voluntad”. No hay mérito humano. No hay logro que nos haga dignos. Es gracia.
A los menospreciados del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios. Mientras algunos, confiados en su autosuficiencia, creen no necesitar ayuda, el Señor extiende Su misericordia sobre aquellos a quienes decide salvar. A faraón lo dejó en su dureza para manifestar Su poder; a Su pueblo lo sacó con mano fuerte para mostrar Su fidelidad.
Dios no endurece corazones inocentes; deja que el corazón obstinado coseche las consecuencias de su propia resistencia. Pero con Su pueblo actúa con firmeza para romper todo aquello que lo mantiene cautivo.
El Señor usará mano fuerte contra todo lo que impida que le sirvamos. Todo ídolo será avergonzado. Todo apoyo falso será removido. Aquello en lo que el hombre confía fuera de Dios será sacudido, porque Él nos conduce a la adoración verdadera y al servicio exclusivo al único y sabio Dios.
No descuidemos la fidelidad que nos ha sido dada. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
La historia del faraón no es solo un relato antiguo; es una advertencia viva. Cada corazón decide si se humilla o se endurece. Cada generación enfrenta el momento de rendirse o resistir.
Dios seguirá mostrando Su poder. La pregunta no es si Él actuará, sino de qué lado estaremos cuando lo haga.
Porque cuando el Señor decide liberar a Su pueblo, ningún sistema puede retenerlo.
Y cuando Él decide avergonzar los ídolos, nada queda en pie.
La fidelidad no es opcional; es la línea que separa la liberación del juicio.
Que no seamos recordados por la dureza del faraón, sino por la obediencia de un pueblo que decidió humillarse a tiempo.




