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Una sociedad juzgada por su niñez

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Por: Maia Mancipe

No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en que trata a sus niños.”-Nelson Mandela. Desde hace unos años la República Dominicana ha estado sufriendo grandes cambios en su sociedad, atrocidades de las cuales sólo oíamos en las películas se han vuelto el día a día de nuestros noticieros. Un sin número de casos que nos dejan atónitos inundan las calles de nuestras provincias, y aún no parece haber una solución evidente para detener lo que ahora sucede. 

De modo que somos sacudidos por esta penosa realidad, niños y niñas han sufrido secuestro, abuso sexual y aún algunos han perdido la vida en manos de aquellos que deberían de protegerles. No podemos continuar viendo estos hechos como simples estadísticas, estas son familias desgarradas, vidas eternamente traumadas y sobre todo una sociedad que parece incapaz de comprender su rol en todo esto. 

Recientemente se expuso el caso de Brianna Genao, una niña de tres años que fue reportada como desaparecida el 31 de diciembre de 2025, este caso fue luego investigado más a fondo por el departamento de policía, bajo esta presión uno de los tíos de Brianna confesó haberla abusado sexualmente y causarle la muerte. Y aún a pesar de haber confesado el asesinato su tío tiene la osadía de afirmar que “no recuerda donde la enterró” porque “estaba oscuro”. Este lamentable caso ha traído una gran indignación y descontento por parte del pueblo Dominicano, quien se ve obligado a observar horrorizado como las autoridades, luego de quince días, una confesión explícita y múltiples unidades de búsqueda (Incluyendo el FBI), no han sido capaces de encontrar el cuerpo de la niña ni han dado a la familia algún tipo de soporte más allá del proceso investigativo que no ha dado el resultado deseado.

Pero la indignación del pueblo no parece ser suficiente como para cambiar la situación, y es que el verdadero problema va mucho más allá de lo que el estado puede hacer para proteger a los menores, ya que estos solamente pueden reaccionar de la manera más eficiente posible frente a casos como este. Pero está en la familia la gran responsabilidad de velar por la seguridad y el bienestar de los suyos. Considero que aquí radica el problema central, ya que según declaraciones de un experto del Instituto de Sexualidad Humana de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), en República Dominicana hasta un 91 % de los abusos sexuales contra niños, niñas y adolescentes son perpetrados por familiares o personas muy cercanas. De modo que es más que evidente que la familia es la unidad fundamental de la sociedad, y cuando en ella hay fracturas, silencios o normalización de la violencia, el riesgo de los niños se triplica. Porque el peligro no se encuentra en los barrios y los callejones, sino en el mismo lugar que debería ofrecer protección y confianza. 

Por lo tanto es indispensable comprender que la indignación momentánea no puede salvar las vidas de aquellas víctimas de las cuales fue aprovechada su inocencia. Cada individuo perteneciente a una familia y a una sociedad, lleva en sus hombros la incalculable responsabilidad de velar por la prevención y protección de aquellos que no pueden protegerse por sí mismos. Brianna representa a cientos de niños dominicanos que sufren abuso por parte de aquellos que deben protegerles, ella simboliza la violación a la inocencia y la caída inminente de una sociedad, causada por su más valioso activo, la familia. Querido lector, cada día que pasa en el que seguimos permitiendo el silencio y el abuso en la familia, es un día en el que le damos permiso a los tan familiares delincuentes para que esta trágica historia se repita. La protección de la niñez no es opcional ni delegable, es nuestro deber intervenir en situaciones de riesgo y proteger a aquellos que son el futuro de nuestro país. Si la forma en que tratamos a nuestros niños revela el alma de una sociedad, entonces una familia que no protege condena a sus hijos a la más absoluta indefensión. Porque un niño no tiene cómo protegerse del peligro que nace en su hogar, y eso convierte a la familia fallida en el reflejo más doloroso de nuestra sociedad.