
“La mayor revelación del alma de una sociedad es la forma como trata a sus niños» Nelson Mandela
En los últimos años, nuestra nación ha sido sacudida por una dolorosa realidad: niños y niñas que, en manos de quienes debían protegerlos, han sufrido abuso sexual y han perdido la vida.

Estos hechos no son simples estadísticas; son almas desgarradas, familias destruidas y una sociedad que, lamentablemente, está fallando en cumplir su deber más esencial: proteger a los más vulnerables.
El caso de la niña Brianna Genao, tres años, nos ha sacudido como sociedad. Reportada como desaparecida el 31 de diciembre de 2025, las investigaciones policiales han arrojado un hallazgo: uno de sus tíos habría confesado haber abusado sexualmente de ella y de causar su muerte.
Lo que resulta aún más doloroso es que quienes deberían haber sido protectores formaron parte del círculo íntimo de la niña, la violaron y le quitaron la vida. Aunque el caso de Brianna es uno de los más recientes Instituciones como UNICEF han advertido sobre un preocupante incremento de casos de violencia extrema contra niños y niñas.
Por otro lado, en esta semana se han producido sentencias judiciales contra agresores de menores de edad, evidenciándose que no estamos frente a un solo caso. Lo que estos hechos dolorosos nos revelan es inspirado directamente por las palabras de Nelson Mandela: “La mayor revelación del alma de una sociedad es la forma como trata a sus niños.”
Cuando niños inocentes como Brianna son abandonados, abusados y asesinados, nuestra sociedad se enfrenta a una herida profunda que clama por atención, justicia y transformación. Como sociedad y en particular como cristianos no podemos permanecer indiferentes.
La Biblia nos llama continuamente a cuidar de los más vulnerables. Jesús mismo dijo: “Dejad que los niños vengan a mí…” (Mt 19:14), y nos enseñó sobre la gravedad de no proteger a quienes no pueden defenderse por sí mismos. Cada ciudadano tiene una parte esencial en la protección de la niñez.
Pero los cristianos estamos llamados a ir más allá de la indignación:
1. Orar, sí; pero también actuar. Orar por los niños, por las familias y por la justicia es fundamental — pero también debemos ser voces y manos protectoras en nuestras comunidades.
2. Educar con amor y sabiduría. La iglesia y las familias cristianas deben enseñar a los niños sobre su valor intrínseco, su dignidad y cómo identificar y denunciar situaciones de peligro.
3. Velar por la protección integral. Esto significa apoyar políticas públicas, programas comunitarios, sistemas de vigilancia y prevención que protejan a la niñez y adolescentes en todos los ámbitos.
4. Apoyar a las víctimas y sobrevivientes. Las heridas del abuso y la violencia no se cerrarán con el tiempo si no hay un acompañamiento emocional, espiritual y social. 5. Denunciar el mal y promover justicia. Defender la inocencia no es opcional; es una responsabilidad moral.
Cuando ignoramos el abuso, permitimos que continúe. No podemos permitir que casos como el de Brianna se conviertan en meras estadísticas o en episodios que la justicia olvide con el paso de los días.
Como creyentes, somos llamados a ser guardianes de la esperanza, construyendo una cultura de protección, amor y justicia. Solo así podremos decir con verdad que nuestra alma, como sociedad, valora y protege a sus niños y niñas como el tesoro que son.




