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“Cuando un niño falta, algo nos falta a todos”

Joselín Rivera
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JOSELIN RIVERA

En menos de un año, dos desapariciones de niños pequeños han estremecido la conciencia nacional. Un niño de apenas tres años desapareció en una comunidad rural de Jarabacoa mientras jugaba en el patio de su casa; meses después, una niña de la misma edad desapareció en Imbert, en circunstancias sorprendentemente similares.

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En ambos casos, se trató de minutos, de entornos comunitarios aparentemente seguros, de zonas cercanas a áreas rurales, boscosas o cuerpos de agua, y de familias que jamás imaginaron que lo cotidiano podía volverse tragedia.

A pesar de operativos extensos y del clamor público, ambos niños siguen sin aparecer. Estos hechos, más que casos aislados, revelan patrones de vulnerabilidad que nos interpelan como sociedad y como Iglesia, y nos obligan a preguntarnos con urgencia: ¿qué tan protegida está realmente nuestra niñez?

Cada niño ausente nos recuerda que la niñez no es un asunto privado ni exclusivo de una familia: es una responsabilidad sagrada y colectiva. Jesús fue claro y contundente: “El que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe” (Mateo 18:5).

Cuando un niño desaparece toda la sociedad queda moralmente interpelada. Las circunstancias en que desaparecieron estos niños momentos breves de descuido, contextos comunitarios, zonas vulnerables revelan una verdad incómoda: no basta con el amor familiar si no existe una red protectora comunitaria.

Cuando esa red se rompe, la niñez queda expuesta. El silencio, la indiferencia o la normalización del riesgo constituyen una forma de violencia espiritual.

La Iglesia, como comunidad del cuidado, no puede limitarse a orar después de la tragedia; está llamada a prevenir, formar, alertar y acompañar antes.

Responsabilidades compartidas: sociedad e Iglesia

1. Recuperar el sentido de corresponsabilidad comunitaria ● Ningún niño debe estar “solo” en una comunidad. ● Promover una cultura donde todos los adultos se sientan responsables de cuidar, observar y alertar. ● Pasar del “no es mi hijo” al “es nuestro niño”.

2. Formación en protección infantil ● Capacitar a familias, líderes comunitarios y eclesiales en: ○ Supervisión activa. ○ Identificación de riesgos. ○ Protocolos de actuación ante desapariciones. ● La Iglesia debe integrar la protección de la niñez como parte de su discipulado.

3. Entornos seguros y vigilantes ● Evaluar patios, calles, ríos, zonas boscosas y espacios comunes. ● Establecer normas claras para el cuidado de niños en actividades comunitarias y eclesiales. ● Nunca asumir que “alguien más está mirando”.

4. Protocolos claros y conocidos ● Saber qué hacer en los primeros minutos ante una desaparición. ● Tener a mano contactos de emergencia, autoridades y líderes comunitarios. ● La improvisación cuesta tiempo; el tiempo cuesta vidas.

5. Iglesias como espacios protectores ● Implementar políticas de protección infantil en todas las congregaciones. ● Designar personas responsables del cuidado y seguimiento de la niñez. ● Crear ministerios que escuchen la voz de los niños y detecten señales de vulnerabilidad.

6. Incidencia profética y social ● La Iglesia debe alzar su voz ante: ○ Falta de políticas públicas eficaces. ○ Debilidad en sistemas de prevención. ○ Normalización de la negligencia.

7. Acompañamiento pastoral a las familias ● Caminar con las familias desde la compasión, el apoyo espiritual y emocional. Una sociedad se mide por cómo protege a sus niños.