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Infancia Rota: Un Grito que la Iglesia No Puede Ignorar

Joselín Rivera
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Por. Joselín Rivera

El artículo “Infancia rota: Historias desgarradoras de niños en conflictos con la ley” nos confronta con realidades que estremecen el corazón.

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Cada niño que hoy enfrenta procesos legales, situaciones de violencia o conductas dañinas es, antes que nada, un ser creado a imagen de Dios cuya historia fue marcada por heridas profundas mucho antes de que la sociedad lo juzgara.

Ningún niño nace con la intención de dañar. Lo que vemos en su conducta suele ser el reflejo del dolor que cargan desde su infancia. La Biblia nos recuerda que los pequeños son un tesoro para el Señor.

Jesús mismo declaró: “Dejad a los niños venir a mí… porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14). Cuando una infancia se rompe, cuando una vida pequeña es herida, vulnerada o abandonada, el corazón de Dios también es herido.

El peso espiritual y emocional de nuestra infancia Nuestra historia de crianza moldea quiénes somos. La Palabra enseña la importancia de la formación temprana: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Pero ¿qué ocurre cuando ese niño nunca recibió instrucción, amor, contención o límites saludables? ¿Qué pasa cuando su corazón fue alimentado por el miedo, el abandono, el abuso o la violencia? Lo que vemos en muchos adolescentes en conflicto con la ley no es maldad innata, sino cicatrices tempranas que no fueron tratadas.

Son vidas marcadas por la ausencia de cuidado, la falta de modelos de fe, de familia y de esperanza. Llamado a la responsabilidad: una misión que es de todos Dios nos llama a ser guardianes de la niñez.

La Escritura es clara al advertirnos del peso moral de hacerlo: “Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños… mejor le fuera que le colgasen al cuello una piedra de molino” (Mateo 18:6).

1. La sociedad: romper la indiferencia La violencia normalizada, la permisividad frente al abuso y la negligencia no pueden seguir siendo patrones aceptados. Como sociedad, estamos llamados a levantar una voz profética que denuncie lo que destruye la vida de los pequeños y que promueva entornos seguros para ellos.

2. Actores clave: justicia, educación y protección Instituciones, autoridades, escuelas y servicios de protección tienen una responsabilidad moral no solo legal de actuar tempranamente, salvar vidas y evitar que los niños lleguen al borde del precipicio. Dios nos pide actuar con justicia y misericordia (Miqueas 6:8). La protección de la niñez es un acto de obediencia y compasión.

3. El rol irremplazable de las iglesias Las iglesias están llamadas a ser hospitales del alma, lugares de restauración, consuelo y formación.

Cuando un niño sufre, la iglesia no puede permanecer en silencio. Su misión incluye:

• Prevención: acompañar a las familias con orientación, oración, talleres y apoyo espiritual.

• Cuidado: crear ministerios que velen por los niños y adolescentes vulnerables.

• Acompañamiento: caminar con jóvenes en riesgo, modelar el amor de Cristo y brindarles alternativas sanas.

• Incidencia: levantar la voz por los derechos de la niñez, influir en la comunidad y ser un puente entre las familias, las instituciones y la esperanza.

• Restauración: creer que el poder de Dios puede transformar cualquier vida, incluso la de un joven marcado por la violencia.

La iglesia está llamada a ver lo que Jesús ve: no delincuentes, sino hijos amados que necesitan ser rescatados. Hacia una generación restaurada Casos como los descritos en “Infancia rota” no deben ser la norma.

Cristo vino a “buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10), y esa misión incluye a los niños atrapados en dinámicas de dolor, pecado y abandono.

Si unimos esfuerzos sociedad, instituciones y especialmente la iglesia podremos cortar los ciclos de violencia y sembrar una esperanza que transforme generaciones.

La restauración comienza cuando decidimos mirar a la niñez como Dios la mira: con dignidad, propósito y profundo amor. Que seamos una iglesia que escucha el llanto de los pequeños, que actúa con valentía y que abraza con ternura.

Una iglesia que, movida por el ejemplo de Jesús, protege, acompaña y restaura. Una iglesia que no permite que la infancia de nuestros niños se siga rompiendo, sino que se convierte en una fuerza viva para sanar y transformar su historia.