
Por Addys Arias
En la cultura contemporánea, la figura femenina ha sido utilizada como símbolo, adorno, y también como burla, emitiendo un mensaje muy cruel proyectado a nuestro género. Una muestra evidente es la forma en que la industria del cine retrata el poder o la ambición en clave de feminidad superficial. La película “El diablo se viste de Prada” convirtió unos zapatos de tacón en un emblema de frivolidad y manipulación, como si el “diablo fuera femenino”, como si habitara en la elegancia, el estilo o la presencia de una mujer que camina firme sobre sus propios pasos.

Pero el diablo no es hombre ni mujer. No se trata de géneros, sino de un sistema infernal controlado por entidades espirituales de maldad, representadas —lamentablemente— por hombres y mujeres que se prestan para instrumentos de destrucción.
Hoy más que nunca, es necesario que las mujeres abramos los ojos:
el enemigo no necesita tacones para moverse; tampoco lentejuelas, moda o glamour.
A veces se sienta a nuestro lado, canta con nosotros, levanta las manos… e incluso predica desde el altar.
Es un mensaje incómodo. Pero es real.
Y nosotras, como mujeres espirituales, no podemos ignorarlo. La falsa idea de un enemigo que no entra a la iglesia. En muchas congregaciones se repite una creencia peligrosa:
“El diablo no puede entrar a la iglesia.”
La evidencia espiritual y emocional de nuestra generación revela lo contrario. El enemigo entra disfrazado, no con cuernos ni capa, sino con apariencia de piedad, tiene espacio en las bancas, y en los púlpitos libremente.
Como la Iglesia de Laodicea, creemos que vemos, pero caminamos a ciegas. El Señor lo dijo con claridad:
“Compra de mí colirio para ungir tus ojos y que puedas ver.” (Apocalipsis 3:18)
Este colirio no es un objeto físico; es un toque divino que restaura discernimiento, un llamado a despertar.
Un grito celestial para volver a ver con los ojos del espíritu. El gemido femenino: cuando el espíritu sabe que algo no está bien. Hay un ay, ay, ay que se escucha en lo profundo del alma de las mujeres espirituales. Un gemido que no nace del drama emocional, sino de una intuición sagrada:
sabemos que algo está fuera de orden.
Hoy, el cielo gime y la tierra responde. El Espíritu Santo nos llama, nos confronta, nos despierta.
Mientras tanto, nuestra alma —esa que Dios diseñó sensible, protectora, perceptiva— lucha entre la obediencia y las distracciones del mundo moderno.
Y ese discernimiento está siendo opacado por la confusión, el dolor acumulado, la competencia espiritual y la presión social de “encajar”.
La contaminación espiritual en tiempos de doble vida, Ya no hablamos de pecados ocultos. Hablamos de pecados que se exhiben sin vergüenza:
• vidas dobles,
• hipocresías,
• envidias entre hermanas,
• rivalidades disfrazadas de espiritualidad,
• disensiones internas,
• manipulaciones emocionales,
• y sí… hechicería.
La hechicería está en medio del pueblo a través de oraciones cargadas de mala intención, juicios pronunciados en secreto, deseos oscuros disfrazados de espiritualidad.
Esto no solo afecta congregaciones; afecta familias, país, naciones.
Mujeres heridas que hieren.
Mujeres con dones que no maduran.
Mujeres que han confundido ministerio con posición.
Mujeres que dejan entrar sombra donde debería habitar luz.
Una apostasía silenciosa… pero evidente.
Estamos atravesando una era marcada por una apostasía que nace dentro del mismo pueblo de Dios.
No es rebeldía abierta; es indiferencia espiritual.
Es la comodidad disfrazada de fe.
Es la obediencia a medias.
Es pecar no por ignorancia, sino por decisión consciente.
Una raíz torcida ha penetrado, se ha extendido y ha contaminado.
Y este veneno espiritual está nublando la visión, debilitando la autoridad y apagando la voz profética que tantas mujeres fueron llamadas a levantar. Un llamado femenino al regreso, a la claridad y al fuego
Este artículo no es un juicio.
Es un llamado.
Un clamor de mujer a mujer.
Porque cuando una mujer recupera la visión, toda su casa recupera dirección.
Cuando una mujer se levanta en luz, la oscuridad retrocede.
Cuando una mujer discierne, protege, cuida y edifica.
Por eso hoy oramos, juntas, desde lo más profundo de nuestra alma:
Que el colirio del cielo cure nuestras miradas nubladas.
Que las mujeres de esta generación vuelvan a ver con claridad.
Que la luz recupere su lugar.
Y que cada hija de Dios sepa quién es, quién la llamó y hacia dónde debe caminar.
Porque el enemigo puede intentar vestirse de Prada, de luz o de religiosidad.
Pero ninguna sombra puede imitar a una mujer que ve y que camina en obediencia.




