
Por Joselin Rivera
Después de tres semanas y viendo la manera como la sociedad dominicana ha dividido sus opiniones a propósito de la lamentable muerte de Stephora Anne-Mircie Joseph, hoy quiero referirme a un fenómeno que en muchas ocasiones normalizamos: el bullying.

La forma como esta niña era objeto de burla por su origen y físico no es un hecho aislado; es un espejo doloroso que nos revela cómo los entornos donde deberían reinar la seguridad, el respeto y la amistad las escuelas se han convertido para muchos niños, niñas y adolescentes en escenarios de miedo, exclusión y sufrimiento emocional.
El bullying rara vez surge de la nada. A menudo es el fruto de un conjunto de factores profundos que pasan desapercibidos para los adultos: desigualdades sociales, tensiones familiares, discriminación normalizada, discursos de odio que circulan impunemente, y una cultura que premia la burla y el irrespeto como formas de “fortaleza”.
Muchos agresores, lejos de ser monstruos, son víctimas de historias propias de violencia: hogares donde predominan los gritos, la humillación, la negligencia emocional o el maltrato físico. Niños y adolescentes que crecen en ambientes donde el dolor se convierte en lenguaje terminan reproduciéndolo con quienes perciben más vulnerables.
Así, lo que algunos llaman “chiste”, “relajo” o “cosa de muchachos” se transforma en hostigamiento sistemático que destruye la autoestima, la dignidad y, en casos extremos arrebata la vida.
La discriminación por origen, color de piel, estatus social, condición migratoria, o cualquier otra diferencia sigue alimentando una cultura peligrosa de exclusión. Cuando un niño aprende, desde su casa o desde su comunidad, que “el otro” vale menos, no tarda en traducir esa narrativa en acciones violentas. Las palabras pueden matar.
La burla constante desgasta. El rechazo continuado aplasta. El discurso de odio contra quienes son “diferentes” funciona como una semilla tóxica que germina en comportamientos crueles que pasan inadvertidos hasta que se vuelven irreparables.
Frente a esta realidad, no basta con buscar culpables; es urgente que todos los actores sociales revisemos el rol que desempeñamos en la prevención y en la construcción de entornos seguros.
¿Qué podemos hacer?
1. La familia: Es el primer espacio donde se aprende a amar y también donde, lamentablemente, se aprende a herir. Las familias deben fomentar el diálogo, modelar trato respetuoso, corregir sin violencia y enseñar empatía. Un niño que se siente amado no necesita humillar para sentirse valioso.
2. Las escuelas: Debemos dejar atrás la idea de que el bullying “siempre ha existido” o que es “normal”. Las escuelas necesitan políticas claras de prevención, protocolos de actuación, acompañamiento psicológico, campañas constantes de cultura de paz y programas de convivencia donde todos los estudiantes —sin excepción— se sientan seguros y escuchados.
3. La iglesia: Las comunidades de fe tienen la responsabilidad de levantar una voz profética contra toda forma de violencia, promover la dignidad humana y formar corazones sensibles al sufrimiento del prójimo. La iglesia debe acompañar a las familias, educar a sus niños y adolescentes en el amor, y convertirse en un refugio donde los vulnerables encuentren aceptación.
4. La sociedad en general: Los medios de comunicación, las redes sociales, líderes comunitarios y figuras públicas deben asumir un mensaje responsable. El discurso que humilla, divide o demoniza a las personas crea terreno fértil para la violencia. Necesitamos una cultura de respeto donde la diferencia no sea una amenaza sino una riqueza.
El caso de Stephora Anne-Mircie Joseph no debe quedar en la memoria como una tragedia más. Debe ser un punto de inflexión. Cada niño, niña y adolescente merece crecer en un entorno donde no tema ir a la escuela, donde su identidad no sea motivo de burla y donde sus lágrimas no sean ignoradas.
El bullying no es un juego; es una forma de violencia que puede robar la alegría, la dignidad y la vida. Que este dolor que hoy compartimos se convierta en compromiso. Un compromiso de familia, de escuela, de iglesia y de nación para proteger a quienes todavía no pueden protegerse solos.
Porque cada niña, niño y adolescente merece vivir, reír y soñar sin miedo.




