
Otto Mañón
Hay una industria silenciosa más rentable que cualquier ministerio plagado de sobrevaluaciones: la fábrica de monstruos. No hace tornillos ni produce comida. Produce “pederastas”, “locos”, “extremistas”, “peligrosos para la democracia” cada vez que alguien se atreve a hacer lo imperdonable en una república capturada: tocarle el bolsillo al sistema.

No estamos hablando de ficción. Estamos hablando de esa maquinaria que se activó cuando un médico-empresario llamado Roque Espaillat decidió, en plena pandemia, decir en voz alta lo que todos sospechaban en privado: que estaban negociando con la muerte, comprando mascarillas a precio de sangre. Y el sistema, que tolera al ladrón, abrazó al difamador y se unió para fabricar un monstruo.
Porque el problema nunca fue la mascarilla. El problema fue el hombre que se atrevió a preguntar por qué costaba nueve dólares y medio lo que en el mercado real valía poco más de uno. El problema no fue el nombre “El Cobrador”.
El problema fue que, en un país donde todo se perdona menos la honestidad, apareció alguien que dijo en voz clara lo que los partidos tradicionales llevan décadas maquillando: que hay cuentas pendientes con la justicia, con la nación y con Dios. Y cuando un sistema corrompido ve a alguien cobrando, no le paga. Le hace un expediente.
La coreografía ya la conocemos. Primero, el denunciante. Empieza como una voz incómoda en redes, luego se vuelve rostro en valla, finalmente entra en boleta. La gente cansada del “más de lo mismo” se le pega como hierro al imán. Lo escuchan, lo siguen, lo buscan.
Eso al establishment no le molesta… al principio. Mientras seas mascota decorativa, te toleran. Mientras seas un “líder excéntrico” que hace ruido pero no sube de un 2%, te dejan jugar.
El problema comienza cuando pasas el umbral del peligro: cuando las encuestas no publicadas te marcan por encima del 3%, cuando el 5% asoma, cuando la segunda vuelta comienza a ser una amenaza real. Ahí, el sistema deja de verte como pintoresco y empieza a verte como problema. Y los problemas, en esta república secuestrada, no se resuelven: se destruyen.
Entonces llega la fase dos de la fábrica: no te van a debatir, te van a demonizar. No van a responder a tus argumentos, van a atacar tu persona. No van a revisar las facturas de las mascarillas ni los contratos de las computadoras ni los metros del muro. Van a revisar tu vida privada, tus divorcios, tus heridas, tus fracasos, tus hijos.
Y si hace falta, reabrirán expedientes que por ley debieron estar sellados, enterrados y protegidos, con tal de sacar de ahí un titular tóxico. Lo que la justicia archivó, la política desentierra cuando necesita un cadáver para asustar al pueblo.
Eso fue lo que vimos cuando, después de una campaña donde El Cobrador pasó del número 34 al cuarto lugar, de la nada surgió una ofensiva mediática milimétricamente coordinada: un expediente viejo, un drama familiar profundo, un hijo expuesto, una madre presentada en televisión, una batería de “comunicadores” con olor a pauta fresca, y un veredicto sin juez ni juicio: “pederasta”, “degenerado”, “monstruo”.
Ya la sentencia estaba dictada, solo faltaba sincronizar el coro. El objetivo no era investigar. El objetivo era cancelar. No la corrupción, no el narco, no los préstamos irresponsables. Cancelar al que se atrevió a cobrarlos. La Biblia ya lo había descrito con décadas de anticipación, solo que nosotros preferimos leerla para buscar promesas de prosperidad y no para entender cómo opera el poder cuando se siente amenazado.
“Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo.” Ese “ay” no es una poesía bonita. Es una radiografía política. En una nación enferma, el ladrón es “empresario exitoso”, el sobornador es “estratega de campaña”, y el que denuncia la mascarilla a sobreprecio es “un peligro para la democracia”.
No se trata de poner un hombre en pedestal. Roque no es Mesías ni falta que hace. Pero lo que se hizo con él es un espejo que cualquier ciudadano honesto debería mirar con terror: hoy es él, mañana puede ser cualquiera que se atreva a tocar un cable de alta tensión del sistema.
Ese es el mensaje psicológico que el poder manda cuando convierte a un opositor en monstruo mediático: “Si te atreves a hacer lo mismo, te haremos lo mismo, o peor”. Es pedagogía del miedo. Sociología del terror. Porque detrás de la difamación hay un cálculo frío.
Los estrategas saben que mucha gente sensata, trabajadora, que no ve noticieros completos pero sí consume titulares rápidos, no va a leer expedientes ni escuchar descargos. Solo van a quedarse con el rumor: “Dicen que…”. Y en ese “dicen que” se destruyen reputaciones, se fracturan familias, se debilitan movimientos. Es exactamente la lógica de la historia de Nabot, aquel hombre que tenía una viña que el rey Acab quería.
El rey la deseaba, pero no podía quitarla sin más, así que Jezabel le fabricó dos testigos falsos para acusarlo de maldecir a Dios y al rey. No era verdad. Pero era útil. Lo apedrearon, le quitaron la viña, y el problema quedó “resuelto”. Hasta que Dios habló. Hoy no apedrean en plazas, pero apedrean con micrófonos, con “paneles de opinión”, con encuestas encargadas, con trending topics pagados.
Y el mecanismo es el mismo: 1. Se identifica al hombre que no se vende. 2. Se excava en su pasado hasta encontrar algo usable, ampliable o manipulable. 3. Se organiza una campaña en todas las plataformas a la vez. 4. Se crea una “verdad ambiente”: no necesita ser cierta, solo verosímil. 5. Se deja que el rumor haga el trabajo sucio en la conciencia colectiva. Mientras tanto, la corrupción real sigue intacta, blindada tras pactos entre cúpulas.
La justicia, que por ley debe proteger archivos de menores, se convierte en puerta giratoria para periodistas mercenarios. Los mismos que nunca encontraron tiempo para investigar sobrevaluaciones de carreteras, préstamos sospechosos o contratos leoninos con empresas extranjeras, de repente aparecen convertidos en paladines de la moral sexual.
Y el pueblo, bombardeado por tanta noticia fabricada, corre el riesgo de olvidar quiénes son los verdaderos depredadores: los que violan la constitución, el presupuesto, la soberanía y la dignidad nacional. Lo irónico es que la fábrica de monstruos a veces se le devuelve al dueño.
En la primera ola, el golpe pega fuerte: hay gente que duda, amigos que se alejan, puertas que se cierran. Pero luego viene la reacción de los que sí vieron, sí escucharon, sí marcharon, sí votaron. Miles llamando, escribiendo, dando la cara. Gente que dice: “Si eso fuera verdad, no hubieran esperado 18 años ni lo tiran justo después de las elecciones”.
Y la campaña que imaginaban devastadora se convierte en confirmación: “Si tuvieron que llegar tan bajo para tratar de destruirlo, es porque le tienen miedo”. El intento de asesinato de carácter termina siendo certificado de peligrosidad… pero para el sistema.
Ahí entra la lectura espiritual que casi nadie quiere hacer. Dios no siempre libra a sus siervos de la fosa de los leones; a veces los deja caer dentro para que el mundo vea quién cierra las bocas.
Daniel no fue difamado por ser corrupto. Fue difamado por ser incorruptible. No lo acusaron de robar. Lo acusaron de orar. Y cuando un reino no puede controlar el corazón de un hombre, trata de controlar su reputación. Eso es exactamente lo que estamos viendo: sistemas que ya compraron congresos, medios, tribunales y partidos, pero que se dan de bruces con gente que no negocia principios.
Y eso, para el espíritu de esta época, es el peor de los crímenes. La pregunta, entonces, no es solo “¿qué le hicieron a Roque?”.
La pregunta de fondo es: ¿qué nos están haciendo a nosotros cuando permitimos que el poder convierta expedientes antiguos, sellados y manipulados en armas para matar toda esperanza de cambio? ¿Qué clase de pueblo somos si nos escandalizamos más por un expediente mediático que por millones robados, hospitales abandonados, deuda impagable y soberanía hipotecada? ¿Qué dice de nuestra alma nacional que nos fascinen más los chismes de cama que los crímenes de gabinete? Hay algo profundamente enfermo cuando el ciudadano promedio se sienta frente al televisor, traga una campaña de carácter y dice: “Bueno, por algo será…”. Ese “por algo será” es el cementerio de la justicia. Es la renuncia moral. Es la capitulación intelectual.
Es el equivalente moderno de lavarse las manos como Pilato, mientras se suelta a Barrabás y se crucifica al inocente. La fábrica de monstruos no tendría éxito sin la complicidad de un pueblo que prefiere consumir sangre ajena que examinar su propia conciencia.
Y aquí es donde el asunto se pone más incómodo. No bastará con cambiar de presidente, ni de partido, ni de “marca política”. Mientras sigamos teniendo una cultura que ama la mentira útil y se incomoda con la verdad incómoda, la fábrica de monstruos seguirá abierta 24/7.
Cambiarán los rostros en la tarima, pero la maquinaria de difamación seguirá lista para activarse contra cualquier voz que se atreva a decir: “Aquí se roba, aquí se manipula, aquí se venden la patria y el pobre por un contrato y un préstamo”. Un pueblo que no se reconcilia con la verdad terminará siempre aplaudiendo al verdugo y sospechando del profeta. ¿Hay salida? Sí, pero no empieza en el Palacio ni en el Congreso.
Empieza en la conciencia. Cuando un ciudadano, frente a un escándalo fabricado, se pregunta: “¿Quién gana con esto? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? ¿Dónde están los hechos, las pruebas, las sentencias?”. Cuando alguien decide no compartir el video fácil, no reenviar el audio venenoso, no sumarse al linchamiento digital por deporte.
Cuando un pueblo empieza a valorar nuevamente cosas antiguas y aparentemente aburridas: integridad, coherencia, sacrificio, verdad. Cuando entendemos que la reputación de un hombre se defiende no porque sea perfecto, sino porque si dejamos que la destruyan sin justicia hoy, mañana ya nadie estará a salvo, ni tú ni tus hijos. Y, sobre todo, cuando volvemos a la cruz, no como slogan religioso sino como punto de referencia moral.
Porque fue en una cruz donde la política, la religión y la opinión pública se pusieron de acuerdo para fabricar el monstruo perfecto: “blasfemo”, “sedicioso”, “peligroso para la nación”. Y allí mismo, en ese verdugo colectivo, Dios expuso para siempre la miseria de nuestros juicios y la grandeza de su gracia. La única manera de desarmar la fábrica de monstruos es volver a aquel inocente crucificado por un sistema que se parecía demasiado al nuestro. El que murió sin culpa para cargar con las nuestras.
El que nunca mintió y, aún así, fue tratado como si hubiera cometido todos los delitos. Mientras sigamos lejos de Él, la mentira será herramienta, la reputación ajena será carne de cañón, y el poder seguirá comprando bocas y alquilando conciencias. Pero cuando un pueblo vuelve a Cristo, sufre una reprogramación moral: comienza a amar la verdad, aunque duela; a defender la justicia, aunque cueste; a llamar pecado al pecado, aunque venga disfrazado de estrategia.
Un pueblo que se arrodilla ante Dios no se arrodilla tan fácilmente ante campañas sucias. Y un pueblo que aprende a escuchar la voz del Cordero deja de obedecer los ladridos de la fábrica de monstruos. No se trata de salvar a un político. Se trata de salvaguardar algo infinitamente más grande: la posibilidad de que, en esta tierra, todavía haya hombres y mujeres que puedan levantar la cabeza, denunciar el robo, llamar a cuentas, cobrar la factura moral de décadas de abuso… sin que el precio sea ser crucificados en la plaza pública por un circo comprado.
Eso solo es posible si volvemos a la verdad, y la verdad no es un concepto: tiene nombre, tiene rostro, tiene cruz y tiene tumba vacía. Y cuando la verdad reina en el corazón, ningún expediente fabricado puede decidir tu lealtad.
Otto Mañón es aspirante a siervo inútil y pastor de Iglesia Casa de Bendición Inc., Marietta, GA._ #POLICristianizando.




