
Por: Obispo Mauro A. Vargas
El Tribunal Constitucional, mediante la sentencia TC/1225/25 del 18 de noviembre, reconoció la validez de prácticas y manifestaciones de orientación homosexual dentro de los reglamentos internos de la Policía Nacional y la Armada Dominicana. Más allá de lo jurídico, esta decisión ha generado un intenso debate sobre el rumbo moral y cultural de nuestra sociedad.

Las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional son pilares del orden público. Su funcionamiento demanda disciplina, códigos de conducta claros y ambientes que fortalezcan la misión de proteger a la ciudadanía. Cuando se introducen cambios que alteran estos fundamentos, se corre el riesgo de debilitar la confianza en las instituciones que garantizan la seguridad nacional.
La desaprobación a esta sentencia no es un acto de intolerancia, sino de responsabilidad. Como ministro del evangelio, afirmo que nuestra voz debe ser firme pero respetuosa, contundente pero responsable.
Es un llamado a la reflexión nacional: ¿qué tipo de sociedad queremos construir? ¿Una que se rija por principios sólidos o una que se deje arrastrar por agendas externas? La República Dominicana ha sido sostenida por principios que han dado cohesión a nuestra identidad: la familia, la moral pública y la fe. Decisiones que relativizan estos valores pueden erosionar el tejido social y espiritual que nos une como pueblo.
No se trata de rechazar personas, sino de defender principios que han guiado nuestra historia y que deben seguir orientando nuestro futuro. La sentencia TC/1225/25 debe ser vista como una alerta.
Nos invita a reflexionar sobre el rumbo moral y espiritual de la República Dominicana. Defender nuestros valores no es un retroceso, sino una garantía de que las próximas generaciones encuentren un país que aún se rige por principios sólidos, coherentes con nuestra identidad y nuestra fe.
Recordarles a los integrantes del Tribunal Constitucional que decisiones de esta naturaleza no solo ponen en riesgo la moral pública, sino que también desmerecen los valores que, desde nuestra fundación como República, han sostenido nuestra identidad nacional. Estos principios no deben ser objeto de juego ni de concesio




