
Por Félix Caraballo
Han pasado 508 años desde que Martín Lutero clavó sus 95 tesis en Wittenberg, dando inicio a un movimiento que no solo reformó la Iglesia, sino que sacudió los cimientos de la cultura, la política y la conciencia espiritual de Occidente.

La Reforma Protestante no fue una simple ruptura institucional, sino una revolución teológica que devolvió a la Biblia su lugar central como fuente de autoridad, verdad y vida para el pueblo de Dios.
Uno de los pilares de la Reforma fue el principio de Sola Scriptura —la Escritura como única norma de fe y práctica. Este retorno a la Palabra no fue un gesto académico, sino una respuesta profética a una Iglesia que había sustituido la voz de Dios por tradiciones humanas, jerarquías autorreferenciales y sistemas de control espiritual.
Hoy, en medio de una cultura saturada de opiniones, ideologías y espiritualidades superficiales, el llamado a volver a las Escrituras resuena con urgencia. No como nostalgia por el pasado, sino como una necesidad vital para recuperar el corazón del cristianismo: una fe que nace del encuentro con el Dios vivo que habla, transforma y envía. Es urgente regresar a la Escritura como fundamento: más que un principio doctrinal
La Reforma del siglo XVI fue mucho más que una corrección doctrinal. Fue un movimiento integral que articuló: Una teología de la gracia, que proclama la salvación como don inmerecido. El valor de la libertad, que libera al creyente de todo yugo legalista, imperial o eclesial.
Además, el acceso personal a través del sacerdocio universal, que afirma que todos los creyentes son ministros de la Palabra y del servicio. Y un aspecto no menos importante un tipo de teología enfocada en la misión, que defina a la Iglesia como comunidad profética en constante reforma; no para predecir el futuro por medio del presente, sino para denunciar las injusticias sociales, los males que afectan a una sociedad en estado de descomposición progresiva.




