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Por Fidel Lorenzo Merán
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?” — Mateo 5:13

Occidente vive hoy una crisis silenciosa pero devastadora: una fe sin sabor, un cristianismo cultural desconectado de su esencia transformadora. Iglesias repletas de discursos motivacionales y programas vacíos han sustituido el fuego genuino del evangelio por una tibieza que adormece las conciencias. ¿Cómo llegamos hasta aquí? La respuesta es clara: cuando la sal pierde su sabor, deja de preservar, deja de sanar, deja de dar sentido.
Es urgente volver a la práctica y predicación de una fe genuina en Cristo. No hablamos de rituales vacíos o de posiciones religiosas institucionales, sino de una vida centrada en el carácter de Jesús: compasión, verdad, justicia, servicio, humildad. Se trata de vivir y testimoniar una espiritualidad con rostro humano, con manos abiertas y pies que caminan hacia el dolor del otro.
La religión no puede seguir siendo un espectáculo que ignora la realidad de las comunidades. El verdadero cristianismo tiene una vocación profética: denunciar el pecado, sí, pero también sanar las heridas del pueblo. Vivimos rodeados de flagelos como la violencia intrafamiliar, el maltrato infantil, los crímenes urbanos, y una violencia estructural que opera en complicidad con el Estado. Una iglesia callada ante estas realidades no es iglesia de Cristo.
Predicar desde púlpitos climatizados sobre bendiciones materiales mientras familias se desmoronan, niños son abandonados y la corrupción corroe los cimientos sociales, es un escándalo espiritual. Cristo nunca fue indiferente al sufrimiento del pueblo. ¿Por qué lo seríamos nosotros?
El evangelio del bienestar ha desviado a miles del mensaje central de la cruz. En nombre de un supuesto “favor divino”, se ha alimentado una fe materialista, consumista y egocéntrica, centrada en “mi milagro, mi bendición, mi éxito”. Esto ha traído como consecuencia comunidades de fe desconectadas del dolor social, enfocadas más en edificios y espectáculos que en la transformación real de vidas.
Es tiempo de abandonar el afán de lucro, la soberbia espiritual, el exhibicionismo religioso, y todo lo que contradice la sencillez de Jesús de Nazaret. Él nació pobre, vivió entre los marginados y murió como un criminal. Su mensaje no promete comodidad, sino compromiso.
La gran reforma que Occidente necesita no vendrá desde arriba, sino desde testimonios de vida auténticos. Necesitamos cristianos que practiquen lo que predican: personas sencillas, humildes, compasivas, dispuestas a amar sin condición, a servir sin aplausos, a vivir sin doblez.
Una iglesia sin poder político, pero con autoridad moral. Una fe sin ostentación, pero con profunda coherencia. Una comunidad de creyentes que refleje el carácter de Cristo más allá de los templos y que vuelva a ser sal de la tierra.
La sal ha perdido su sabor, sí, pero no estamos condenados al vacío espiritual. Si algo enseña el evangelio es que siempre hay esperanza de renovación. Esta es la hora de volver a las fuentes, de recuperar el fuego de la primera iglesia, de ser de nuevo discípulos y no simplemente religiosos.
El mundo no necesita más templos, necesita más testigos.




