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El poema de la poetisa chilena Gabriela Mistral a la Biblia

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Libro mío,
libro en cualquier tiempo y en cualquier hora,
bueno y amigo para mi corazón,
fuerte, poderoso compañero.

Tú me has enseñado la inmensa belleza
y el sencillo candor, la verdad terrible
y sencilla en breves cantos.

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Mis mejores amigos no han sido
gentes de mis tiempos;
han sido los que tú me diste:
David, Rut, Job, Raquel y María.

Con los míos éstos son mis gentes,
los que rondan en mi corazón
y en mis oraciones,
los que me ayudan a amar y a bien padecer.

Por David amé el canto,
merecedor de la amargura humana.

En Eclesiastés hallé mi viejo gemido
de la vanidad de la vida,
y tan mío ha llegado a ser vuestro acento
que ya ni sé cuándo digo mi queja
y cuándo repito solamente la de vuestros dolores.
Nunca me fatigaste,
como los poemas de los hombres.

Siempre eres fresco, recién conocido,
como la hierba de julio, y tu sinceridad
es la única en que no hallo peligro,
mancha disimulada de mentiras.

Tu desnudez asusta a los hipócritas
y tu pureza es odiosa a los libertinos.

Yo te amo todo,
desde el nardo de la parábola
hasta el adjetivo crudo de los Números.

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