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Objeciones al aborto (1)

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Lic. Samuel Reyes
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SAMUEL REYES (samuelreyes7@hotmail.com)

Los engaños sobre el aborto son múltiples y vamos a detallarlos brevemente en una serie para develar su sustentación ficticia.
La astucia más grave y peligrosa de todas es afirmar que la Biblia no condena el aborto.

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Esta aseveración ha cobrado fuerza entre agnósticos y cristianos porque algunos apologistas han caído en la trampa de enfrentar las ideas abortistas basados principalmente en la ciencia y la razón para supuestamente no apelar a los dogmas. Esto
es un descuido de su deber primario de defender la fe. El aporte singular e incuestionable del cristianismo al avance de la civilización y al desarrollo del mundo en todos los órdenes ha librado a la humanidad de cuanta barbarie, paganismo y mitología
existía, implica que dar a conocer sus objeciones y puntos de vista sea imprescindible.

La Biblia sustenta que la vida humana comienza con la fecundación del óvulo por el espermatozoide humano. El método natural humano para engendrar es la relación sexual entre un hombre y una mujer. Génesis 4:1 dice que Eva “concibió y dio a luz”; Números 11:12 afirma que Moisés le pregunta a Dios ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo…?; y en Salmos 51:5 declara David “en pecado me concibió mi madre”, considerándose pecador desde el vientre de su madre. El embrión no tiene que cumplir con otro criterio para tener el estatus existencial y legal completo de una persona.

El Dr. Wayne Grudem, teólogo norteamericano, escribe que Dios le dio leyes específicas a Moisés para los israelitas. Una ley establecía penalidades en caso de que la vida o la salud de la mujer embarazada o de su criatura fuera puesta en peligro o
lesionada accidentalmente: “Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere … y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida” Éxodo
21:22-23.

Había dos posibilidades: Si se causaba un aborto, pero no se hacía daño a la mujer o al feto, aun así, había una penalidad. Pero si lesionaba a la mujer o a la criatura, entonces había una condena severa: “vida por vida, ojo por ojo y diente por diente…(vv.23-24).

Esto significa que tanto a la madre como a su feto se les daba la misma protección legal.

La penalidad por lesionar al niño no nacido era la misma que al lesionar a su madre.

Ambos eran tratados como personas, y ambos merecían la protección total de la ley.

La implicación es que, si dar muerte accidentalmente a un feto es tan severo ante los ojos de Dios, entonces su muerte intencional también, porque es un crimen peor. El aborto es pecado.

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