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Azarías ganó el cielo

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Por. Silverio Manuel Bello Valenzuela

El traslado de nuestro hermano, amigo y compañero, Ammi Azarías Silva, ha dejado una gran nostalgia, una profunda pena, una tremenda tristeza en el alma, no solamente en la vida de su viuda, de su hijo, de sus hermanos, hermanas y demás familiares, sino también, en la interioridad de las vidas de todos los hombres y mujeres, siervos y siervas de Dios que tuvimos la oportunidad y el gran placer de conocer al ministro Azarías e interrelacionarnos con él.

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Gran amigo, buen pastor, excelente maestro, eficiente consejero, predicador convincente, diestro escritor, visionario de gran alcance; hombre de testimonio cristiano intachable, esforzado. Era una persona que el orgullo y la presunción andaban muy lejos de él. Azarías supo darse por entero a la obra del Señor, todo lo que se le ponía en sus manos para realizar en los quehaceres de los negocios del reino, lo hacía con buen gusto y con firme voluntad, era muy servicial. Conocí muy bien esas virtudes de él cuando fui superintendente de nuestro Concilio Asambleas de Dios en este nuestro país, República Dominicana.

Sus virtudes, sus esfuerzos y buenas cualidades ministeriales dejan un gran legado para las generaciones de ministros jóvenes del presente y del futuro.

Ya se nos fue adelantó, ya se juntó en el paraíso con su padre y ministro, Vicente Silva, con su madre, la pastora Marcela Silva, con sus hermanas Dorcas Silva, Priscila Silva y con otro de sus hermanos, que no recuerdo el nombre por el momento. Allá nos esperan todos, si partimos de esta tierra antes del rapto. Perdimos un hombre en la tierra, pero el cielo ganó a un redimido más.

Así es, la vida es tan real como el sol que nos alumbra, tan verdadera como el aire que respiramos; pero así lo es también la muerte. La Santa Palabra de Dios nos dice, que nuestros días están contados. La muerte llega en cualquier momento, sin avisar; llega para chicos, para grandes, para rico, para pobres, para negros y para blando. Lo importante de todo y para todos, es que tengamos nuestras vidas preparadas con el Señor, para que cuando nos llegue esa hora, tan temida por todos, pero tan real, podamos pasar de esta vida de pena, de llanto, de tristeza y de dolor a esa otra vida de eternos gozo, eterna paz y eterna felicidad. Esa vida es única y exclusivamente para quienes han recibido a Cristo como su salvador personal, renuncian al mundo y viven para Dios.

Ammi Azarías dio esos pasos, le llegó la muerte, pero fue para él una cortina que se abrió para darle paso a la vida eterna: “Allí quiero ir, ¿Y tú”

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