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GRACIA IRRESISTIBLE – EL LLAMADO EFICAZ DE DIOS

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Johanna Ramírez Suavita

Cuando Dios llama a alguien, ¿esta persona puede negarse a ir? ¿Es gravoso para el hombre tener que responder a la gracia de Dios? ¿En qué sentido la gracia es irresistible? En las próximas líneas hablaré acerca de estos asuntos vinculados a la doctrina de la gracia irresistible.

¿Qué es la gracia irresistible?

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Dios, soberanamente y por el sabio consejo de Su voluntad, llama eficazmente a sus escogidos y los trae a la vida, dándoles la fe y el arrepentimiento genuino: los lleva a los pies de Jesucristo. Este don es inmerecido e irrevocable, de manera tal que el creyente no se niega ni hace caso omiso del preciado regalo de la salvación. Esto es lo que conocemos como la doctrina de la gracia irresistible (Irresistible Grace, en inglés).La gracia salvadora no admite condiciones por parte del hombre redimido, y no es opcional recibirla. ¿Por qué? Porque cuando Dios obra en el creyente este es sellado con el Espíritu Santo y entonces esta nueva criatura (2 Corintios 5:17) ama a Dios, pero porque este le amó primero (1 Juan 4:19). Luego, a través de los medios de gracia (como la oración y la lectura de la Palabra), Dios continúa, día tras día, incrementando nuestra madurez espiritual y la seguridad de nuestra salvación ganada por Cristo en la cruz.

Prueba indiscutible de lo anterior la encontramos en las Escrituras, cuando el mismo Señor Jesucristo dice: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37)Veamos cómo allí se nos da la garantía de que aquello que Dios el Padre le da al Hijo, inevitablemente, va a Él. No hay otra posibilidad: es la consecuencia necesaria de la elección soberana de Dios en la eternidad. Decir que un elegido de Dios puede negarse a ir a Cristo es negar la efectividad del sacrificio sustituto del Señor por Su pueblo (Mateo 1:21).

Corriendo a Cristo

Pero, ¿que sea irresistible la hace una obligación o castigo para el hombre? De ninguna manera. Es un deleite para el creyente seguir al Señor cuando este ha cambiado su corazón. Obedecer a Dios y entregar la vida a Él es un acto que se hace con gozo y sin coerción. La Biblia nos da numerosos y valiosos ejemplos de ello: el llamamiento de Pablo narrado en el libro de Hechos es útil para ilustrar esta doctrina. Recordemos que en su encuentro con el Señor, Pablo no se levantó de la tierra para dar la espalda y seguir con sus intenciones perseguidoras. ¡No! Pablo respondió: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6), luego obedeció y cumplió voluntariamente la misión encomendada desde el cielo. Un verdadero creyente, porque sabe que no son sus obras, sino la gracia de Dios la que lo ha salvado, vive en continua gratitud (y no con pesadumbre) delante de su Amo.

Así como Lázaro fue levantado de los muertos sin este tener ninguna parte en ello, cada uno de los escogidos del Padre es levantado de la muerte espiritual en la que se encontraba (Efesios 2:1). La gracia actúa de tal forma que, precisamente por encontrarnos en la podredumbre más abominable, el único que nos puede salvar es Dios mismo. Él nos da lo que no merecemos (gracia) y retiene el castigo merecido (misericordia), sin que esto implique tener por inocente al culpable (Números 14:18): Cristo pagó el precio de nuestro rescate. Cuando tenemos una visión adecuada de esta doctrina, solo podemos humillarnos delante del Dios del universo y reconocer cuán pecadores somos y cuánta gracia necesitamos todos los días.

Así mismo sucedió con los apóstoles, cuando uno a uno fueron llamados por Jesucristo: Simón y Andrés soltaron la red y le siguieron, Jacobo y Juan salieron de la barca de su papá y le siguieron, Mateo se levantó de la mesa de tributos y le siguió. Ninguno de ellos objetó, ninguno se quejó por sentirse cohibido. Todos obedecieron en amor y con un corazón transformado. Así funciona la gracia de Dios; es un dulce regalo para Sus hijos que les permite conocer y experimentar el verdadero amor, ese que proviene de lo alto y que no solo regenera, sino que capacita para correr la carrera, seguir a Cristo y proclamar con ánimo y convicción que Él salva y da una vida nueva.

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