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Nuestro reino no es de este mundo, pero somos la luz de este. Somos ciudadanos de una patria celestial, pero tenemos que ser la sal de esta patria. Así como el sol, nuestra luz debe de alumbrar para todos, y el sabor de la sociedad depende del gusto que le demos. Si cumplimos bien la primera asignación de nuestro maestro el mundo será un lugar más iluminado y más placentero para vivir.
Pero la luz tiene un problema, le molesta a los que andan en tinieblas, pero la sal tiene otro problema, que le causa dolor a los que tienen heridas. La luz ilumina para todos, y no puede escoger a quien iluminar y a quien no; pero la sal no sólo debe ser para darle sabor a la carne muerta, sino que tiene que curar aquella carne que está viva.
Nuestra sociedad necesita más hombres y mujeres que se parezcan a juan el bautista, y menos personas que quieran ser como “Félix Bautista”. Más hombres y mujeres que estén dispuestos a renunciar su vida para cambiar la nación y confrontar la corrupción de esta, en vez de aquellos que sólo ven la nación como ganancia personal para obtener una mejor vida a través de la corrupción.
Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
Si decimos que tenemos voz profética, entonces debemos de utilizarla, no sólo para anunciar que vienen cosas buenas, sino para denunciar aquellas que están mal. No imagino a un Elías negociando con Jezabel, tampoco a Juan el Bautista ignorando las andanzas de Herodes, pero mucho menos imagino a los evangélicos justificando a corruptos quienes se están robando nuestro futuro.
Uno de los miedos de Herodes con Juan el Bautista es que el pueblo le oía, por eso no le mandaba a matar. Los evangélicos también gozamos de esa credibilidad en el pueblo, y debemos de aprovecharla para denunciar lo malo, y ser luz en medio de tinieblas.
La corrupción es pecado, y un pecado que se está robando el futuro de nuestro país, que encarece la vida a los miembros de nuestras iglesias, que hace que menos jóvenes tengan oportunidades, que aumenta la delincuencia, incrementa la pobreza. Si en la iglesia hemos sido eficaces señalando los hermanos que han cometido alguna falta para someterlos a una disciplina de restauración y arrepentimiento, en el Estado debemos ser más radicales para señalar y juzgar lo que se está robando nuestro bien común y nuestro futuro.
La unidad no solamente es en una boleta electoral, sino también unidos luchando por un ideal en contra de la corrupción y a favor de la justicia. Si hemos tenido éxito impidiendo que se aprueben leyes que tenían el propósito de sodomizar a la población en la depravación homosexual, también vamos a tener más éxito luchando contra una plaga que nos azota día a día, la corrupción.

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